La tregua de dos semanas alcanzada minutos antes de que expirara el ultimátum dado por Donald Trump a Irán sin duda supone un alivio para todo el mundo, pero, por su fragilidad, aún queda lejos de ser la solución deseada para un conflicto que nunca debería haberse desencadenado y del que el máximo responsable es el presidente de Estados Unidos. No se puede considerar un éxito que hayan sido necesarios más de 40 días de guerra con más de 2.000 muertos repartidos en una docena de países, cientos de miles de desplazados en Líbano y un daño profundo a las infraestructuras energéticas regionales para volver mañana viernes a una negociación pendiente de un hilo, negociación que ya estaba en marcha el día antes de que EE UU e Israel atacaran Irán. Seguir leyendo