Cuando los vigilantes morales de los cuentos ponen sus sucias manos sobre los mitos fundacionales de la narrativa oral, me pregunto por qué en vez de empeñarse en corregir lo viejo no se inventan personajes adecuados al presente. Es lo que hizo Roald Dahl con astucia: inventó nuevos héroes y heroínas, aunque jamás desdeñó la esencia de esas historias resistentes al tiempo como el pedernal. Los malvados de Dahl lo son sin redención posible; en cambio, los buenos brillan por su inteligencia y valentía. Esta tensa dualidad, sumada a la desbordante fantasía de sus novelas, convirtió a Dahl en el autor más querido de la infancia. Es, sin duda, una idea maniquea de la vida que tal vez procediera de la propia infancia del autor en un internado inglés donde maltrataban tanto maestros como estudiantes mayores, todos empeñados en destrozar la infancia de un niño que miraba cada noche por la ventana hacia el punto cardinal donde suponía que estaba el hogar materno.Seguir leyendo