Creí haber esquivado los ritos de la Semana Santa cuando, al doblar una esquina y a traición, me choqué con el Cristo Resucitado en Málaga. Mi alma castellana asocia los pasos a la espera, la nocturnidad y el frío, y no a un encuentro casual en una mañana de calor esplendoroso. Pasada la sorpresa me dejé llevar, junto al resto de personas, por la vista de la catedral, el movimiento de una figura que parecía navegar entre olas de gente, el olor a incienso, las cosquillas del sol en la cara y un himno especialmente épico que la acompañaba. El hechizo se deshizo en cuanto me di cuenta de que estaba siendo víctima, cual campesina medieval, del magistral manejo de los estímulos supernormales de la Iglesia Católica.Seguir leyendo